para ver el resto http://www.poster4tomorrow.org/gallery/
viernes, 11 de diciembre de 2009
jueves, 10 de diciembre de 2009
miércoles, 9 de diciembre de 2009
Bailes no tan sagrados...
India // Es una importante celebración religiosa conocida como la Fiesta de las Nueve Noches, pero le ha ocurrido como a tantas conmemoraciones religiosas en India y fuera de ella, que quienes participan en estos ritos le acaban tomando el gusto a lo festivo y se olvidan de lo propiamente sagrado, que suele terminar silenciado bajo el estruendo burlón de la fiesta y de la risa. En la imagen, los bailarines se preparan para iniciar una nueva danza (religiosa, por supuesto). Antonio Avendaño.
http://blogs.publico.es/elojopublico/page/2
martes, 8 de diciembre de 2009
El retrato de Polanski y Sharon Tate desnudos, por 11.250 dólares

La imagen subastada en Nueva York fue tomada por el fotógrafo David Bailey en 1969
EFE - Nueva York - 08/12/2009
Una fotografía del director de cine Roman Polanski, actualmente bajo arresto domiciliario, en la que aparece desnudo abrazado a la que fuera su esposa Sharon Tate hace 40 años, se ha vendido por 11.250 dólares (unos 7.624 euros) en Nueva York, ha informado la casa de subastas Christie's.
"Es un retrato de gran formato, muy difícil de encontrar entre los trabajos de David Bailey, que se tomó en el punto álgido de la carrera de Polanski y representa perfectamente la era de los sesenta", ha explicado la experta en fotografía de Christie's Sarah Shepard.
El gran retrato de la pareja, en el que se ve a ambos de cintura para arriba, y a Tate con los brazos rodeando el cuello de Polanski, fue tomado en Londres en 1969 por el fotógrafo de moda David Bailey, meses antes de que la actriz fuera asesinada por miembros de la secta Charles Manson en Los Ángeles.
La imagen de 84,4 por 83,8 centímetros cumplió con las expectativas de la casa de subastas Christie's, que había valorado el retrato entre 8.000 y 12.000 dólares (de 5.313 euros a 7.969 euros).
El polémico cineasta, de 76 años, fue encarcelado en septiembre y recientemente ha sido puesto bajo arresto domiciliario por un proceso judicial que tiene pendiente en Estados Unidos, donde hace 32 años él mismo se declaró culpable de mantener relaciones sexuales con una menor antes de huir a Europa.
"El hecho de que Polanski ingresara en prisión recientemente y la salida a subasta de este retrato ha sido pura coincidencia, puesto que la fotografía se seleccionó para esta puja hace seis meses", ha señalado Shepard.
Sharon Tate fue la segunda esposa de Polanski, hasta que murió asesinada en Los Ángeles en 1969 cuando estaba embarazada de ocho meses. Seguidores de la secta Charles Manson entraron en casa de la pareja y mataron a la actriz, que entonces tenía 26 años, y al resto de personas que la acompañaban: el productor Wojtek Frykowski, la heredera de una conocida compañía cafetera Abigail Folger, y el peluquero de famosos Jay Sebring.
En la subasta, que ha recaudado un total de 966.750 dólares (unos 655.175 euros), también se vendieron obras del japonés Hiroshi Sugimoto o los estadounidenses Peter Beard, y Ansel Adams (1902-1984), cuyo compendio de trabajos se adjudicó por 60.000 dólares (unos 40.653 euros).
sábado, 5 de diciembre de 2009
PhotoEspaña en América...


El festival crea Transatlántica, un programa abierto para fotógrafos y comisarios en São Paulo y Guatemala
NEREA PÉREZ DE LAS HERAS - Madrid - 05/12/2009
Éstas son las historias que quiere propiciar y propicia PhotoEspaña en sus proyectos internacionales. El festival de fotografía experimentó el año pasado promoviendo que comisarios y expertos hicieran una selección de la obra de artistas de México y Perú, y este año ha querido ir un paso más allá con Transatlántica. El proyecto se desarrolla en Guatemala y São Paulo y consiste en un programa de convocatorias abiertas para fotógrafos y comisarios, encuentros con críticos y exposiciones en centros culturales, sedes del Instituto Cervantes y la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID) e instituciones latinoamericanas.
Hoy tiene lugar la segunda jornada del visionado de portafolios de fotógrafos en São Paulo. Los 20 artistas preseleccionados mostrarán su trabajo a siete comisarios, fotoperiodistas y expertos, como Marloes Krijnen, directora del museo de fotografía Foam de Amsterdam, que dirigió World Press Photo durante 10 años. Daniela Schneider es una de estas 20 fotógrafas. "Enfrentar tu trabajo a estos profesionales es un premio de antemano", dice en conversación telefónica desde la ciudad brasileña. El premio que sólo lograrán unos pocos es la posibilidad de exponer su trabajo en una muestra colectiva que se celebrará en el Instituto Cervantes de Madrid durante la edición de 2010 de PhotoEspaña.
"Existe una vida muy intensa en la fotografía latinoamericana. Nuestra ambición es convertir el festival en un foro lo más extenso posible", explica Claude Bussac, directora de PhotoEspaña. Para esta iniciativa han recibido más de 500 dossiers de fotógrafos de toda América Latina, de los cuales 20 se juzgaron en Guatemala y 20 en São Paulo. "Los seleccionados tienen la oportunidad de ponerse en contacto con profesionales de muy alto nivel a los que un fotógrafo puede tardar años de carrera en conocer", explica.
La experiencia del año pasado en Lima y México confirma el proyecto como un catalizador muy efectivo. "En 2009 uno de los visionadores era el director del festival de fotografía de Arles, uno de los más importantes del mundo, y ha seleccionado para el certamen algunos de los trabajos que descubrió entonces en Lima", explica Bussac.
João Castilho no es un fotógrafo novel, tiene más de diez años de carrera a sus espaldas, y está muy calmado ante el visionado de sus fotografías por parte del jurado. "Aunque Brasil tiene una vida artística muy interesante, que me seleccionaran significaría abrir una puerta para mostrar mi trabajo en Europa". Como él, Gustavo Malheiros, hace un tipo muy característico de fotografía documental. Sus imágenes urbanas y sus retratos encierran simplicidad y desconcierto al mismo tiempo.
"Me interesa la textura de los rostros, sobre todo los de los albinos, con sus pieles castigadas en un lugar en el que el sol es tan intenso. Mi intención es documentarlos formalmente", explica el artista, pero aunque se aproxime fríamente a sus modelos, cada imagen cuenta una historia. Claude Bussac apunta que ésa es un característica que ha observado en el trabajo de muchos de los fotógrafos que participan en la iniciativa. "Predomina la fotografía documental, pegada a la realidad, pero siempre subyace un elemento conceptual y esa mezcla es interesante y compleja".
La ramificación de las actividades del festival en América Latina incluye un certamen de comisariado de exposiciones. Los participantes usarán las fotografías de los 40 artistas seleccionados en São Paulo y Guatemala para crear un proyecto expositivo on line. La propuesta ganadora se convertirá en una muestra que viajará por la red de centros culturales de la AECID y servirá de estímulo para crear diferentes discursos con un material visual tan dispar. "Nuestra intención es escoger dos países cada año, uno del norte o del centro y uno del sur, uno grande y otro pequeño", explica Claude Bussac. La directora del certamen asistió al visionado de portafolios en Guatemala el pasado mes de noviembre y descubrió un panorama social muy duro en el que se han abierto paso fotógrafos serios e informados. "Guatemala es una ciudad en la que no hay instituciones culturales locales y todos los proyectos vienen de la sociedad civil", comenta Bussac, la responsable de llevar el espíritu de cazatalentos de PhotoEspaña cuanto más lejos, mejor.
martes, 1 de diciembre de 2009
Falleció el fotógrafo Hernán Díaz...

A causa de un enfisema pulmonar, pereció a los 78 años, en Bogotá, el pionero de la fotografía en Colombia.
Nació en Ibagué (Tolima, en 1931), trabajó como corresponsal de ’Time’, ‘Fortune, ‘Life’, ‘Christian Science Monitor’, además de participar en la Bienal de Venecia. En 1963 publicó su primer libro, que se llamó ‘Seis artistas contemporáneos’, y por esa misma época fundó Memorabilia, la primera tienda galería de fotógrafos de arte del país.
Fue el primer fotógrafo colombiano de quien el Museo de Arte Moderno de Bogotá organizó una muestra individual. Por su trabajo, Díaz recibió distinciones, como el Premio Nacional de Fotografía Federico Hecht (1968) y el Primer Premio del Concurso Mundial de Carteles (1980), en Venezuela.
Recientemente, el periódico virtual Con-Fabulación había señalado que Díaz “capturó con su lente los rostros y el rictus de quienes tendrían papeles protagónicos -no siempre dignos y loables- en la enorme, desaforada y contradictoria farsa nacional”.
Interrogado por la misma publicación si sentía nostalgia de su pasado, respondió: “¿Cómo no voy a sentir nostalgia? La mitad de los que retraté están muertos (...) y la otra mitad en la cárcel”.
sábado, 28 de noviembre de 2009
El Ministerio de Cultura compra el archivo del fotógrafo Agustí Centelles por 700.000 euros



La Generalitat alega que es patrimonio cultural de Cataluña, por lo que se avecina un enfrentamiento entre las dos administraciones
NATALIA JUNQUERA - Madrid
Los hijos del fotógrafo Agustí Centelles, el gran retratista español de la Guerra Civil, han vendido al Ministerio de Cultura todo el archivo fotográfico de su padre por 700.000 euros, según ha sabido El País. La Generalitat de Cataluña se ha dirigido por carta a los hermanos para informarles de que consideran el archivo Patrimonio Nacional Cultural de Cataluña, por lo que se avecina un enfrentamiento entre las dos administraciones. Los hermanos Sergi y Octavi Centelles explican que rechazaron una oferta de Christies para adquirir el archivo por algo más de dinero (850.000 euros) a cambio de que el Ministerio de Cultura se comprometa a dar la mayor difusión posible de la obra de su padre.
Todo el material, unas 10.000 fotografías será llevado al centro de la memoria histórica de Salamanca, que dirige María José Turrión. Agustí Centelles, nacido en Valencia, pero que vivió desde muy niño en Cataluña, es considerado como un pionero del fotoperiodismo y le llaman el Robert Kapa español. Su hijo Octavi no está muy de acuerdo con esta definición: "Kapa era un fotógrafo retratando la guerra, Agustí Centelles fotografiaba su guerra mientras la perdía".
El próximo 1 de diciembre se cumplirán 20 años de la muerte del fotógrafo, que luchó contra viento y marea para preservar su material. "Durante el tiempo que pasó en el campo de concentración de Bram, en Francia, dormía abrazado a la maleta donde llevaba sus fotos y los demás pensaban que allí dentro debía tener oro o dinero", cuenta su hijo Sergi.
En 1939 logró un permiso para abandonar el campo de concentración. Después, empezaría a colaborar con la resistencia francesa, a la que ayudaba a elaborar pasaportes falsos. Cuando algunos de los miembros de la resistencia fueron detenidos, el laboratorio de Centelles fue desmantelado. Pero él había escondido los negativos en la buhardilla de una casa de Carcasona, donde vivía la familia que lo había escondido durante el exilio. Ellos custodiaron el archivo del fotógrafo cuando decidió volver a España, donde, por su pasado político, las autoridades franquistas le impidieron volver a ejercer el fotoperiodismo. Desde finales de los años 40 se dedicó a la fotografía de publicidad, realizando campañas para marcas como Coca Cola y Chupa Chups. No fue hasta 1976, después de la muerte de Franco, cuando decidió recuperar su archivo con las fotografías de la Guerra Civil que la familia de Carcasona seguía guardando. En 1984 se le concedió el Premio Nacional de Artes Plásticas , meses antes de su fallecimiento. El fotógrafo confesaba sentirse entonces "molesto porque las instituciones catalanas no han demostrado en ninguna ocasión el más mínimo interés por ello". "No es una cuestión económica la que reivindico, sino el interés por la recuperación de un patrimonio gráfico como el que poseo a través de tantos años de continuada dedicación", decía.
Al archivo recuperado se le sumaron en 2008 varios negativos ocultos en una caja de galletas que sus hijos hallaron en su laboratorio .
lunes, 23 de noviembre de 2009
Buenos Aires Photo 2009 Finalizó la feria y fue un éxito
4/11/2009 • Nicolás Rapetti
El 1º de noviembre finalizó la quinta edición de Buenos Aires Photo, la feria de arte dedicada a la fotografía más importante de América Latina
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sábado, 21 de noviembre de 2009
Esposo de Yoani Sánchez fue insultado y agredido
El marido de la bloguera cubana Yoani Sánchez dijo que fue golpeado el viernes por simpatizantes del Gobierno, el segundo roce del mes entre las autoridades y el pequeño movimiento de blogueros críticos del sistema.
Fotos: AP Foto/Javier Galeano
Reinaldo Escobar había desafiado a un “duelo verbal” el viernes en el centro de La Habana a un agente de la Seguridad del Estado al que acusó de agredir a su esposa el 6 de noviembre.
El periodista de 62 años dijo a Reuters que mientras esperaba aparecieron centenares de partidarios del Gobierno y comenzaron a gritar “Viva Fidel” y “Viva la revolución”.
“Allí se armó situación bélica en la que empezaron a darnos golpes, a empujarnos”, dijo por teléfono desde su apartamento en La Habana.
Escobar dijo que no resultó lastimado, pero que una turba de varios centenares de personas le tiró de los pelos, le rompió la camisa y le dio golpes con zapatos.
“Después me metieron en un automóvil y me dejaron lejos de allí”, dijo.
Estas son las imágenes del suceso:
Sánchez fue elogiada esta semana por el presidente Barack Obama por las crónicas sobre la vida en Cuba que publica en su blog Generación Y (www.desdecuba.com/generaciony), bloqueado en Cuba, pero muy popular fuera de la isla.
Poco después del incidente del viernes, el Gobierno cubano difundió una nota tomada del sitio web laRepublica.es bajo el título: “Jóvenes a ritmo de conga y gritos en favor de la revolución mandan callar al marido de la bloguera”.
El texto enviado por el Gobierno dice que Escobar fue sacado del lugar por agentes de la Seguridad del Estado “para que no sufriera la ira de un pueblo que se ha cansado de tantas provocaciones”.
Las autoridades cubanas no suelen comentar las acciones de sus opositores, a los que califican como “mercenarios” a sueldo de su enemigo, Estados Unidos.
Sánchez ha cobrado notoriedad fuera de Cuba con sus críticas crónicas. La revista Time la incluyó entre las 100 personalidades del 2008.
Obama la aplaudió esta semana al responder un cuestionario que ella le envió por email desde La Habana.
“Tu blog ofrece al mundo una ventana particular a las realidades de la vida cotidiana en Cuba”, escribió el presidente estadounidense.
Con información de Reuters
lunes, 16 de noviembre de 2009
Gervasio Sánchez fotografo premiado con el premio Ortega y Gasset en España... 2008
Diez años de guerra en Sierra Leona
Una guerra civil con 50.000 muertos

El bosnio Adis Smajic, dos días después de su accidente en 1996
Y durante su proceso de recuperación entre 1996 y 2007, en las imágenes de la derecha.-
Gervasio Sánchez – 25-11-2007
Adis Smajic con su novia, julio de 2007
Las minas antipersona cercenan la vida de 15.000 personas cada año.
Gervasio Sánchez
Tengo amigos que dicen que lo más difícil no es cubrir una guerra sino regresar y sentir la incomprensión de los despachos. Esto es muy duro.
Con lo fácil que es acercarte a una persona y acariciarle la mejilla, con lo fácil que es gestionar el cariño y lo difícil que es para algunas personas…
Mutilación
La brutalidad del conflicto quedó impresa en la carne de cientos de víctimas. La mutilación es uno de los tres aspectos en los que se estructura el recorrido visual de Sánchez (Premio Ortega y Gasset 2008 de periodismo) por el conflicto del país africano. En la imagen, el joven Silvester Moseray, muestra la cicatriz de un golpe de machete en el rostro.- GERVASIO SÁNCHEZ – 30-05-2008
mediante la fotografía del calvario que padecen las víctimas de las minas antipersonas y por su infatigable promoción de una cultura de la paz al sensibilizar a la opinión pública mundial sobre la necesidad de proscribir estas armas y de ayudar a los mutilados a reinsertarse en la vida cotidiana».
Ni el propio diario El País, ni absolutamente ningún otro medio de comunicación ha tenido todavía los cojones suficientes para publicar este discurso.
Ninguno.
“Me avergüenzo de mis representantes políticos”
Estimados miembros del jurado, señoras y señores:
Es para mí un gran honor recibir el Premio Ortega y Gasset de Fotografía convocado por El País, diario donde publiqué mis fotos iniciáticas de América Latina en la década de los ochenta y mis mejores trabajos realizados en diferentes conflictos del mundo durante la década de los noventa, muy especialmente las fotografías que tomé durante el cerco de Sarajevo.
Quiero dar las gracias a los responsables de Heraldo de Aragón, del Magazine de La Vanguardia y la Cadena Ser por respetar siempre mi trabajo como periodista y permitir que los protagonistas de mis historias, tantas veces seres humanos extraviados en los desaguaderos de la historia, tengan
un espacio donde llorar y gritar.
No quiero olvidar a las organizaciones humanitarias Intermon Oxfam, Manos Unidas y Médicos Sin Fronteras, la compañía DKV SEGUROS y a mi editor Leopoldo Blume por apoyarme sin fisuras en los últimos doce años y permitir que el proyecto Vidas Minadas al que pertenece la fotografía premiada tenga vida propia y un largo recorrido que puede durar décadas.
Señoras y señores, aunque sólo tengo un hijo natural, Diego Sánchez, puedo decir que como Martín Luther King, el gran soñador afroamericano asesinado hace 40 años, también tengo otros cuatro hijos víctimas de las minas antipersonas: la mozambiqueña Sofia Elface Fumo, a la que ustedes han conocido junto a su hija Alia en la imagen premiada, que concentra todo el dolor de las víctimas, pero también la belleza de la vida y, sobre todo, la incansable lucha por la supervivencia y la dignidad de las víctimas, el camboyano Sokheurm Man, el bosnio Adis Smajic y la pequeña colombiana Mónica Paola Ojeda, que se quedó ciega tras ser víctima de una explosión a los ocho años.
Sí, son mis cuatro hijos adoptivos a los que he visto al borde de la muerte, he visto llorar, gritar de dolor, crecer, enamorarse, tener hijos, llegar a la universidad.
Les aseguro que no hay nada más bello en el mundo que ver a una víctima de la guerra perseguir la felicidad.
Es verdad que la guerra funde nuestras mentes y nos roba los sueños, como se dice en la película Cuentos de la luna pálida de Kenji Mizoguchi.
Es verdad que las armas que circulan por los campos de batalla suelen fabricarse en países desarrollados como el nuestro, que fue un gran exportador de minas en el pasado y que hoy dedica muy poco esfuerzo a la ayuda a las víctimas de la minas y al desminado.
Es verdad que todos los gobiernos españoles desde el inicio de la transición encabezados por los presidentes Adolfo Suarez, Leopoldo Calvo Sotelo, Felipe González, José María Aznar y José Luis Rodríguez Zapatero permitieron y permiten las ventas de armas españolas a países con conflictos internos o guerras abiertas.
Es verdad que en la anterior legislatura se ha duplicado la venta de armas españolas al mismo tiempo que el presidente incidía en su mensaje contra la guerra y que hoy fabriquemos cuatro tipos distintos de bombas de racimo cuyo comportamiento en el terreno es similar al de las minas antipersonas.
Es verdad que me siento escandalizado cada vez que me topo con armas españolas en los olvidados campos de batalla del tercer mundo y que me avergüenzo de mis representantes políticos.
Pero como Martin Luther King me quiero negar a creer que el banco de la justicia está en quiebra, y como él, yo también tengo un sueño:
que, por fin, un presidente de un gobierno español tenga las agallas suficientes para poner fin al silencioso mercadeo de armas que convierte a nuestro país, nos guste o no, en un exportador de la muerte.
domingo, 8 de noviembre de 2009
Radiografía del nuevo Cartucho El Bronx o la calle miseria Por: Laura Ardila Arrieta

En la quinta paila del infierno el peor tormento es el olor. Una hediondez insoportable mezcla de cloaca, sudor rancio, ropa muy mugrienta, comida descompuesta y droga —¿marihuana?, ¿basuco?, ¿ladrillo?—. Principalmente droga. Vaharadas imposibles que emanan de bocas sucias, sin dientes, asediando los ojos, la cara, todos los sentidos, y dejándolo a uno con nada más que ganas de salir corriendo de ahí. Frente a ese hedor ni siquiera resultan tan espantosos los rostros amenazantes, las manos que empuñan cuchillos o las voces que lanzan intimidaciones en este lugar de miedo. La fetidez es la madre de todas las pesadillas.
Unos eternos minutos después, cuando uno se adapta o cree que se adaptó al olor, tiene la capacidad de escuchar los pitos aterradores de los rincones que advierten la presencia de un intruso. Son unos diez hombres, los llaman “los campaneros” y su misión consiste en tocar con todas sus fuerzas los silbatos que cuelgan de sus cuellos cada vez que se acerca alguien que no es de por allí, especialmente si se trata de la Policía.
Hoy, en el sector deprimido de Bogotá llamado el Bronx los silbidos se escuchan más que nunca. Una camioneta y dos vehículos tipo Van de la Policía Metropolitana se han aparcado justo enfrente de una de las entradas de la zona, que va de las calles 9ª a la 10ª entre carreras 15A y 15B formando una especie de letra P. Mal contados, 30 hombres de verde bajan guiados por el mismísimo Comandante de la localidad de Mártires, el mayor Carlos Alberto Vanegas, y se disponen a entrar.
Los pitos suenan. Un hombre corre, mientras otro, cigarrillo de quién sabe qué en mano, le sonríe al Mayor: “Queremos la paz, no se nos lleve la marihuanita”. Más allá, unas mujeres gritan que venden migas de torta a $100 la bolsita. Por toda la cuadra se ven rústicos locales hechos con palos de madera y techos de cinc. De algunos cuelgan festones alusivos al Halloween. Un joven levanta del andén el colchón mugriento en el que estaba durmiendo, se estira. De una bodega, al parecer de reciclaje, sale un camión. Un viejo me ofrece una porción de papas fritas en una caja marca McDonald’s: a $500 directo desde la basura. Los pitos siguen sonando. A pesar de eso, decenas de seres duermen en el piso con la cara al sol. Es el retrato de la miseria humana.
La situación se mantendrá en tensa calma porque el Mayor y sus hombres no están en operativo. Aunque bien podrían estarlo, ya que éstos se realizan en grupos grandes como ahora. “Si uno no va a hacer nada puede entrar de a dos, pero si uno va a pisarle los callos a alguien se forma el desorden. Por eso las operaciones de búsqueda de droga las organizamos con muchos efectivos”.
Cada 15 días, en promedio, con estas acciones la Policía les cae de sorpresa a los habitantes del Bronx. Cada 15 días, en promedio, los silbatos chillan. Cada 15 días, más o menos, hay amenaza de asonada y provocaciones, y más manos que empuñan cuchillos. Cada 15 días, y aun cuando no haya operativo como ahora, desde alguna ventana de la calle un hombre, o varios, vigilan atentos todo el panorama. A éstos los llaman “los sayayines” y son los dueños del lugar. Deciden quién entra, quién puede comerciar, a qué horas abre el negocio y hasta en qué rincón se puede dormir o comer. Si uno pregunta por ellos, nadie dará razón. Sus identidades son un misterio.
El peluquero de los indigentes
En el Bronx los operativos policiales no suelen durar mucho tiempo. “Se ponen muy agresivos, así que las pruebas que uno no corone en cinco minutos ya no las alcanza a coronar”, dice el Mayor Vanegas.
Hace un año, a Luis Eduardo Ortiz le tocó soportar una acción de las autoridades que tardó más de una hora. El hombre de 44 años quedó encerrado en su rancho justo cuando la Policía empezó a lanzar gases lacrimógenos. Dice que es su peor anécdota luego de siete años en la zona.
retomo el blog...
viernes, 9 de octubre de 2009
El que escribe con la luz... Juan Gabriel Vásquez
UNO
Muchos años después, frente a una taza de café en un hotel de Segovia, el fotógrafo Daniel Mordzinski había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el circo. Cada asistente recibía en la entrada un número de papel con el cual participaría en una rifa: el padre de Daniel dobló los dos papelitos, el suyo y el de su hijo, y los guardó en algún bolsillo; y tanto Daniel como su padre se olvidaron de ambos papelitos hasta el intermedio, cuando un payaso ocupó el centro de la pista, hizo el sorteo, sacó el número ganador y lo anunció: era el catorce.
–Nosotros lo tenemos –le dijo Daniel a su padre–. Ganamos, papá.
Su padre buscó el número, revisó cada bolsillo y cada pliegue de la ropa, pero solo encontró el trece. “El otro está por ahí”, le dijo Daniel, y el padre buscó, pero sin éxito: lo había perdido. Daniel, sin amilanarse y con el número trece en la mano, se acercó a la pista. “Soy yo”, le dijo al payaso, “pero el número lo perdimos”. Le debió de parecer inverosímil que el payaso no le creyera, ni siquiera cuando Daniel le hizo notar que ellos dos tenían el trece, que nadie más tenía el catorce, y que si ellos tenían el trece, era evidente que ellos habían tenido el catorce. El payaso repitió el procedimiento, otro número salió, y este número, esta vez, sí tenía dueño. Daniel, que por entonces tendría unos seis o siete años, no recuerda quién fue el ganador, pero sí recuerda –recuerda perfectamente– cuál fue el premio: una cámara Kodak Fiesta instamatic. Se fue de la rifa llorando y no dejó de llorar en toda la tarde. Y muchos años después, frente a una taza de café en un hotel de Segovia, Daniel dice: “Toda la vida. Toda la vida vengándome de esa cámara que me quitaron. Yo sé que es una interpretación muy psicoanalítica de mi oficio, muy argentina. Pero es que me la quitaron, ¿sabés? Era mía y me la quitaron”.
DOS
La revancha, todo hay que decirlo, le ha salido bastante bien: Daniel Mordzinski, ese niño argentino, es hoy uno de los grandes fotógrafos de escritores del mundo, y todo lector asiduo ha visto alguna vez (aunque no la haya reconocido, aunque no sepa quién es Daniel Mordzinski) una de sus fotos. Hasta su fecha de nacimiento es excepcional: 29 de febrero del año bisiesto de 1960. Haber nacido en un día que no existe todos los años lo ha afectado de maneras más o menos ocultas, pero Daniel dice, por ejemplo, que a eso debe su hiperactividad: todos los años tienen para él un día menos de lo debido, y claro, hay que aprovecharlos al máximo.
Ahora pido disculpas y me pongo levemente autobiográfico. Conocí el trabajo de Mordzinski en 1996, después de que un tío, que se había enterado de que me iba a París, sospechara con buen ojo que las razones tenían que ver con la literatura. En la feria del libro de Bogotá se encontró un libro grande, negro y muy bien editado por Norma, donde un fotógrafo de apellido judío fotografiaba a cuanto escritor latinoamericano hubiera pasado por París. El libro se llamaba La ciudad de las palabras, y el fotógrafo, bueno, ya saben ustedes quién era.
El asunto es que poco después, antes de que terminara ese año, conocí a Mord-zinski. Fue en la Maison de l’Amérique Latine de París, y una de las primeras cosas que hizo Daniel fue mostrarme a una mujer y decirme: “Es Ugné Karvelis, la ex de Cortázar. ¿Quieres conocerla?”. Y todavía más que el hecho mismo de aceptar que nos presentara (que a mí me emocionó de la manera un poco ridícula en que se emocionan las groupies cuando consiguen, no sé, un mechón de pelo de John Lennon), recuerdo la soltura de Daniel, su simpatía instantánea, su generosidad. Llevo ya doce años viéndolo sacar fotos en varias ciudades, y a todo eso se ha añadido la admiración, no solo por su trabajo, sino por la manera en que hace su trabajo. Hace poco leí un texto de Enrique Vila-Matas que retrata a Daniel de cuerpo entero:
Dice John Banville que en cualquier parte todos los escritores son iguales: obsesivos, resentidos, celosos hasta la enfermedad y siempre pobres. Pero Mordzinski hace caso omiso de esto. Parece uno de sus secretos. Otro es más sutil: los halaga mucho y al mismo tiempo –nadie aún sabe cómo– los maltrata.
Pero los maltrata con infinito cariño. Y yo suscribo lo que dice Vila-Matas: no sé cómo lo hace. En Porto, en octubre de 1998, poco después de que se anunciara el premio Nobel a José Saramago, lo vi pedirle al escritor que trotara delante de un grupo de sus colegas. En la foto (en las tres fotos: es una secuencia) aparece un premio Nobel encorbatado hasta las narices y dando zancadas largas como un niño que se acabara de robar un libro en la esquina. No lo vi, en cambio, con el mismo poder de convicción, lograr que Javier Cercas se metiera vestido en una piscina de plástico, que Juan Marsé jugara al hockey sobre hierba con su nieto, que Enrique de Hériz lo llevara a un faro del Mediterráneo y allí se dejara fotografiar en vestido de baño, que Quim Monzó se parara en mitad de un parqueadero subterráneo y levantara las manos al cielo como un idólatra en trance. Por alguna razón, cuando Mordzinski pide algo, los escritores acceden. Y sobre eso pueden hacerse muchas teorías, pero yo tengo para mí que la cosa es muy simple: Mordzinski es un tipo que siente un interés genuino por los libros y por (casi todos) los que los hacen. Así como los perros huelen el miedo, los escritores detectan a los lectores de verdad, y secretamente les agradecen su existencia. Y la consecuencia es una colección de retratos que abarca todo el ámbito hispánico: un verdadero inventario gráfico de la literatura en nuestro idioma.
Cada lector que conozca a Mordzinski tiene sus fotos consentidas. Las fotografías de Borges y de Cortázar son valiosas como reliquias, porque fueron tomadas cuando el fotógrafo contaba menos de veinte años; pero el retrato de Vargas Llosa con la cara entre las manos, o el de García Márquez con un faro al fondo, tomado desde abajo a lo Orson Welles, son ya verdaderos clásicos. A mí, por razones personales, me gustan las fotos de Ricardo Piglia en un café de París y de Cabrera Infante sentado sobre una pila de libros. Pero las que más me gustan son aquellas en que he sido contratado como extra. Resulta que Daniel prefiere que en sus fotos no se sepa a primera vista quién es el escritor; y a veces, cuando el escenario es un lugar poco concurrido (por ejemplo, un hotel de aeropuerto a medianoche), la gente no suele abundar; y, para que el retrato del escritor (por ejemplo, Héctor Abad) salga bien, algunos hemos debido aceptar la curiosa tarea de figurar en el fondo (por ejemplo, mi esposa y yo). Y todo eso para cumplir con el capricho del fotógrafo. Que no es capricho, por supuesto, sino la forma que tiene sobre el escenario la intuición compositiva de Daniel Mordzinski.
Desde que me fui de París lo he visto en varios lugares, le he servido de extra en varias fotos, y muchas veces he sostenido el telón de terciopelo negro detrás del fotografiado. Esos encuentros suelen suceder menos de lo que ambos quisiéramos, en parte porque su trabajo consiste en salir de su casa, y el mío, justamente, en quedarme en la mía, y en parte por el simple ajetreo de esa vida que él ha escogido para vengarse de una cámara que le quitaron de niño: Daniel se pasa el día cruzando París en moto, siempre vestido de negro, para fotografiarlo todo y a todos; y en los últimos años su reputación lo ha llevado a viajar más de lo que incluso él, viajero impenitente, suele hacer. En marzo pasado expuso en el Salón del Libro de París, al mismo tiempo que Gallimard publicaba sus retratos de escritores israelíes: Terre d’écritures. Enseguida estuvo en Bolzano, donde se hizo un homenaje a su gran amigo Luis Sepúlveda, y Daniel contribuyó con un recuento fotográfico de sus últimos veinte años. Siguieron el Hay Festival de Granada, una exposición en Matosinhos, Portugal, y una participación en la muestra colectiva que se organizó en España tras la entrega del premio Cervantes a Juan Gelman. De julio a septiembre, la Casa de América de Madrid organizó la retrospectiva más importante que se haya hecho hasta ahora sobre su trabajo, y el resultado fue un libro: Fotógrafo entre escritores. 30 años. Otro libro se presentó en Segovia, apenas unas semanas más tarde: Crónica de un festival, editado por la Fundación Mapfre. En noviembre fue invitado al I Festival Internacional de Literatura de Buenos Aires, filba, a mostrar su trabajo en el Museo Malba. Mucha agua ha pasado bajo el puente –quiero decir: mucho líquido revelador sobre los negativos– desde que Mordzinski tomó su primera foto oficial, su primera foto reconocida. Es de justicia poética que el fotografiado haya sido el padre de toda la literatura latinoamericana viva: Jorge Luis Borges.
TRES
Alguna vez le pedí que me contara cómo había sido ese momento. “Tenía 18 años, estudiaba cine en Buenos Aires, no era nadie y no había hecho nada”, me dijo Daniel. “Pero un buen día el director argentino Ricardo Wullicher confió en mí y me dejó hacer un meritorio, era el rodaje del film Borges para millones”. Meritorio: en argentino, dícese de joven asistente (de dirección, en este caso). Así es: antes que la fotografía, la pasión de Mordzinski era el cine, y trabajar con Wullicher, el autor de Quebracho –una película sobre la explotación maderera que Daniel recuerda con fascinación–, era una oportunidad irremplazable. Daniel la persiguió como pudo, poniéndose en el pecho un cartel ficticio del festival de Cannes para entrar adonde estaba prohibido, cambiando ese cartel por otro de Marketing si era necesario, viajando dos días en tren y quedándose dos noches en el hotel de Wullicher. Ya era el Mordzinski que sería después: el hombre capaz de arreglárselas en cualquier situación, el buscavidas por excelencia, un personaje de clara estirpe picaresca.
Borges para millones era un caso especial: la única vez que Borges aceptó ser actor. Wullicher metió sus cámaras a la Biblioteca Nacional, y durante siete horas se dedicó a seguir a un Borges ya completamente ciego, con la intención de hacerle una entrevista después, por aparte, y al final unir los dos resultados (las imágenes de un ciego por un lado; sus palabras por el otro) en el mismo producto. Pero las imágenes no fueron suficientes, y Wullicher le pidió a Borges un segundo encuentro. Borges accedió. “Rodábamos en el barrio porteño de San Telmo, en lo que creo era una antigua pensión”, me dijo Daniel. “Y también allí me acompaño la vieja Nikormat que mi papá me prestaba. Y mirá, será humor negro, pero hice esa foto sintiendo que la ceguera de Borges me daba a mí cierta ventaja”. Daniel se quedó pensando y luego dijo: “Claro, la foto está tomada de lejos. Eso es señal de timidez”.
Una vez le pregunté, por correo electrónico, si ya había decidido una carrera de fotógrafo. Esto fue lo que me contestó:
Ahora es fácil decir que sí, que siempre lo supe. Pero la verdad es que eran tres pasiones las que luchaban por mi corazón: la fotografía, el cine y la literatura. Leía, miraba y soñaba a tiempo completo. Pero es cierto que lo que sí me hubiera gustado hacer es cine. La fotografía fue, digamos, el fruto de una noche de amor entre el azar y la necesidad. En el fondo todo forma parte de lo mismo: de una búsqueda de la verdad invisible, de la maravilla de la narración. Y ese secreto está codificado con palabras/imágenes que igual sirven para hacer películas, fotografías o cartas de amor.
Mordzinski siempre ha dicho que sus influencias no están solo en el mundo de la fotografía. Otra vez le pregunté de dónde salía su idea del retrato, y me dijo: “Si digo Cartier-Bresson no puedo evitar decir Goya, y al mismo tiempo Martial Solal al piano”, dijo él. “Hay tantos... Eso es como elegir un pintor o un músico favorito. A cierta hora del día querés escuchar jazz y en algunos momentos necesitás tararear a Mozart”.
Yo le había oído decir que retrataba con los oídos. Tal vez de eso se trataba, le dije. De la influencia de la música en su trabajo. Daniel me corrigió: “Se trata de otra cosa. No solo de ver en papel el rostro de un escritor sino de oírlo, imaginarlo, captar cierto imaginario compartido. Sí, en cierto modo es oír, o al menos tener la actitud de escuchar”.
CUATRO
Daniel Mordzinski se fue de Argentina, como tantos otros, en plena dictadura militar. Pero nunca –y esto lo ha subrayado con frecuencia– militó en política. Alguna vez me dio su razón, que me pareció tan simple y honesta como válida: no tenía el valor para hacerlo. Cuando se fue, sin saber que no iba a volver nunca, su vida no corría peligro como la de tantos jóvenes en esa época. “Me dan pena los que reivindican un pasado heroico que no tuvieron”, me dijo una vez (él, amigo de muchos expulsados de la dictadura de su país y también de la chilena, está plenamente autorizado para opinarlo). Sea como fuere, Argentina era para él un país donde todo estaba prohibido y donde se vivía bajo el terror, así que la decisión de salir no fue difícil. Pero estaba el asunto práctico: qué hacer y dónde.
Mordzinski había pasado ya por el FotoClub Buenos Aires y por la Escuela Panamericana de Arte, y acabaría llegando a la ESEC, la École Supérieure Libre d’Études Cinématographiques de París. En esos lugares y en esos años recibió todo su aprendizaje teórico. “Todo lo que he estudiado, y ahora, cada día, actualizándome –o intentándolo al menos– a medida que avanza la tecnología, me resulta imprescindible y secundario al mismo tiempo. No desprecio la técnica, que es básica y un buen aliado para un fotógrafo, pero me resisto a darle más importancia que a la mirada, la intuición, la memoria o la pasión”. Y es que había, además, otros aprendizajes por hacer, y por otros caminos.
“Llega un momento”, me dijo hace poco en Segovia, “en que a los fantasmas –ya sean sentimentales, familiares, religiosos o políticos– hay que plantarles cara. Probablemente en Israel estaban muchos de los míos, y los fui a visitar”.
Le pedí que me hablara de eso.
“Durante siete años conviví con utopías y amores esenciales en mi formación”, me dijo. “En la Facultad de Tel Aviv estudié literatura y conocí a Vivi, el amor de mi vida”. La fotografía, la literatura y Viviana Azar, música de profesión y madre de Jonás y Anaël: no por nada Mordzinski se siente tan atado a esas tierras. Las utopías a que se refiere tienen que ver con su amistad con Miki Kratsman, un fotógrafo argentino-israelí que se ha dedicado durante años a traernos imágenes de los territorios palestinos. En 1982 Daniel comenzó su carrera de fotógrafo profesional como corresponsal de Media Images y Sipa Press, y durante los años que siguieron solía agarrar su cámara y acompañar a Kratsman, cada semana, a los territorios ocupados. “No sabía por qué lo hacía”, me dijo Daniel. “Era igual que coleccionar escritores, una cosa un poco irracional. Quería fotografiar la Intifada, pero no solo las cosas que suceden, sino por qué suceden. Ver un cuarto palestino con cuatro colchones en el suelo te hace entender más que ver a un niño tirando una piedra”. Daniel siempre ha preferido a esos fotógrafos viajeros: “Los que tienen una idea road movie de la fotografía, ¿sabés? La cámara como pasaporte, como medio para conocer al otro”. Israel hizo parte de esa ética. Conocer, entender, fueron palabras que repitió con frecuencia en esa época. Y uno siente que sí: que ha conocido, que ha entendido. “De las mil maneras que hay de ser judío”, dice, “yo siempre he preferido la que me vincula con una tradición intelectual, con esa condición moral del exiliado que tiene algo de hidalgo medieval y prefiere pasar hambre antes que agredir a un hermano”.
Me di cuenta de que nunca habíamos hablado de esos años. A pesar de mi interés por el tema, nunca le había hecho a Daniel preguntas sobre su judaísmo, ni sobre la religiosidad de su familia, ni sobre su relación con Israel. Me había quedado sorprendido, eso sí, después de oírle casualmente hablar en hebreo perfecto con los asistentes a una conferencia literaria; pero tampoco entonces le había preguntado todo lo que me hubiera gustado saber (siempre me han interesado las personas divididas, que llevan más de una religión o lengua o nacionalidad a cuestas, y Mordzinski es una de ellas). Pero Daniel no habla demasiado de sí mismo, quizás por las mismas razones que lo hacen vestir siempre de negro y negarse a ser él mismo fotografiado. Si hay una foto suya, tenga por seguro el lector que le ha sido tomada a la fuerza, o por lo menos con chantajes más o menos cariñosos. A Daniel no le gusta, nunca le ha gustado, ser el protagonista.
En marzo de este año, el Salón del Libro de París se dedicó a la literatura escrita en lengua hebrea. En el marco de ese salón se organizó una exposición de Mordzinski: eran retratos de escritores israelíes que Daniel había tomado unas semanas atrás, dieciocho años después de haber dejado su vida en Israel, y que se acababan de publicar en Terre d’écritures. Ya he hablado en otra parte de la dificultad que tuvo Daniel para escoger la portada del libro: las imágenes que más le gustaban eran las más políticas, y no le interesaba reducir al problema político la imagen de unos escritores que se han esforzado siempre por trascenderlo. Pero siempre se puede contar con la realidad política, o con la estupidez que impregna la realidad, para echar abajo cualquier intento de sutileza o aun de tolerancia. Y así sucedió que un grupo de fanáticos decidió aprovechar el Salón del Libro para montar, con el apoyo de algunos escritores y editores árabes, un boicot de la literatura hebrea. “¿Te imaginas boicotear a Grossman, Oz, y a todos esos escritores que son los protagonistas del diálogo, que apoyan la creación de un Estado palestino?”, me escribió Daniel por esos días. “El boicot es un auto de fe y solo beneficia a los extremistas”.
El domingo anterior a este intercambio, con el Salón lleno de familias con hijos pequeños, había sido necesario evacuar las instalaciones tras una llamada anónima y amenazante. Se suspendieron todas las conferencias de la tarde. Entre ellas había una que le interesaba a Daniel particularmente: Abraham B. Yehoshua, un gran escritor israelí que Daniel había fotografiado en su propia casa, iba a hablar de la paz.
CINCO
En1988 hubo un nuevo cambio de vida. “Sentí que París volvía a llamarme y se me impacientaba”, suele decir Mordzinski. “Así que regresamos”. Y ya no se ha movido de allí.
París es un gran tema con Daniel: como tantos latinoamericanos de su generación y de las siguientes, la conoció primero en las páginas de Rayuela; irse a vivir allí fue, entre muchas otras cosas, un acto literario. París le obsesiona: no por nada es el escenario de La ciudad de las palabras, 31 retratos de escritores latinoamericanos en esa ciudad que ha sido un fetiche, un desencanto, un milagro, un conflicto. “El más latinoamericano de los franceses y el más francés de los latinoamericanos”, lo ha llamado José Manuel Fajardo.
Allí, en París, nos encontramos en octubre pasado. Yo había comenzado ya a escribir este texto, y le pedí que nos viéramos para hablar. Daniel llegó a las nueve de una mañana lluviosa (y perdón por hacer literatura) a mi hotel de la Avenue d’Italie, muy cerca del apartamento donde pasó siete años, donde nacieron sus dos hijos y al cual iba yo a visitarlo cuando vivía en París. En el sótano inhóspito, mientras yo desayunaba una taza de café y un par de frutas sin gracia, hablamos de todo y de nada, sin grabadora ni libreta de apuntes. Le pregunté algo que –increíblemente– nunca le había preguntado: si la vida le ha salido como la había querido. “El precio que se paga por hacer lo que te gusta es el de la precariedad y la inseguridad”, me dijo Daniel. “Llevo treinta años haciéndolo y aún me asaltan las dudas de si no debería sentar cabeza y buscar un empleo fijo en un periódico. Pero al mismo tiempo siempre he sabido –sí, desde el principio– que esto era lo mío”.
Esto, dice Daniel Mordzinski. Esto era lo mío. ¿Pero qué era esto? ¿Fotografiar escritores? La especialización es, cuando menos, poco usual, y en todo caso paradójica: ¿no es cierto que lo importante de un escritor es todo lo que no es su imagen?
“Imagino que soy un letraherido, simplemente”, dijo Daniel. “Al fin y al cabo hago lo que me gusta. Me he salido con la mía: fotografío –y conozco y frecuento y quiero– a los autores que me hacen soñar, llorar o reír cuando leo. Digamos que, en cierto modo, he llevado la fantasía del lector cortazariano al extremo”.
(Vila-Matas estaría de acuerdo. En ese texto suyo que he recordado antes se lee: “Mordzinski es el cortazariano más consciente de ser cortazariano que he conocido”.)
“Pero lo tuyo es una obsesión”, le dije. Es lo que le hubiera dicho cualquiera al verlo perseguir como un cazador a una de sus víctimas: yo, por lo menos, lo he visto colgarse de escaleras en espiral, o darse cuenta de algo y en un instante lanzarse a un sprint olímpico para llegar a algún sitio antes que el potencial fotografiado. “¿Cómo nació? ¿Con un libro, con un autor, con un incidente?”.
“Imagino que nació cuando cobré conciencia de que esos escribientes, esa gente que para mí era importante, a la que había dedicado muchas horas de lectura, eran seres de carne y hueso”, dijo Daniel.
“De carne y hueso”, dije yo.
“Gente normal con sentimientos y dudas”, dijo Daniel, “y no cómplices de un producto prefabricado. Supongo que eso se debe a que leía a Cortázar o a Juarroz en lugar del Reader’s Digest”.
“Pero es que no son gente normal”, le dije. “Justamente”.
“Ha habido de todo”, dijo él, “y cada caso es distinto. Yo he encontrado grandes amigos y sorpresas desagradables, pero éstas son las menos. He aprendido que una cosa es el escritor y otra lo que escribe, y también que no hay ninguna relación entre la calidad literaria y la fluidez en el retrato. Y además hay días buenos y días malos, para los escritores y para mí. No hay normas. Lo grande es que el balance es positivo y creo que voy consiguiendo algo que a la gente le interesa y le gusta y, mejor aún, resulta útil, en ocasiones, a quienes se acercan al mundo de las letras o quieren conocer mejor a un escritor. Lo mejor es que tengo muchos y grandes amigos entre los escritores que he retratado. Tal vez porque la amistad flota en todo este proceso con un peso muy específico”.
Amistad es una palabra grande en el diccionario de Daniel. Después de unos años con él, a cualquiera le gustaría aplicarle aquella frase de García Márquez sobre Cortázar: “El argentino que se hizo querer de todos”. Daniel está inmerso en un nuevo proyecto: una serie de fotografías de escritores en cuartos de hotel. “¿Qué escritor no ha escrito una página o tenido una idea en un hotel? El hotel como metáfora de la vida: un lugar de paso”. Después de despedirnos me quedé pensando en hoteles. El hotel como escenario de ficción: el Hotel Savoy de Joseph Roth, el Hotel New Hamsphire de Irving, el Hotel Majestic de Simenon. Pensé también en una de las primeras cosas que hice al llegar a París en 1996: recorrer la ciudad en plan descaradamente fetichista, buscando los hoteles donde habían vivido algunos de los escritores que me gustaban. El Hotel d’Alsace, en la rue des Beaux-Arts, era uno de mis favoritos: ahí murió Oscar Wilde, ahí se hospedaron Borges y Cioran. En el Hotel de l’Élysée se encontraron una vez Joyce, Eliot y Wyndham Lewis. En la tarde, al llegar a mi casa de Barcelona, le puse un email a Daniel con estas informaciones, pensando que tal vez podrían servirle, porque Daniel también tiene su lado fetichista, porque también él llegó a París con un libro en la mano. Me contestó al día siguiente:
Lo que quiero con este libro es desmitificar el acto de la escritura y mostrar algo tan simple (pero tan difícil de atrapar) como el recogimiento del autor. Ese momento en que está en el cuarto de escritura. La pieza de hotel, la ventana que da al patio, el espejo ajeno donde se mira antes de poner manos a la obra. O donde se acaba por escribir una obra maestra, quién sabe. En realidad, es todo muy sencillo: hay un momento del día, del mes o del año, en que el escritor mira a su alrededor y se ve rodeado por un papel pintado que no puede ser de verdad y bajo unas goteras que quizá nunca vuelva a ver, y decide escribir. Y nosotros, lectores, leemos y soñamos esas palabras durante el resto de nuestras vidas.
Ahora Daniel Mordzinski está en Cartagena, dándole un nuevo peldaño a esa relación, que ya es de una complicidad envidiable, entre sus fotos y el Hay Festival. “Los del Festival, la gente de Mapfre, han cambiado la relación que hay entre la cultura literaria y la gente”, dice. “No me cabe la menor duda. Yo nunca he visto en ninguna otra parte del mundo esa relación entre los autores y su público. Y para mí ha sido un honor ser fotógrafo de ese evento en marcha”. Pues bien: allí, en Cartagena, prepara una exposición de sus fotos donde los lectores podrán ver con sus propios ojos todo lo que digo: que Mordzinski maltrata a los escritores, que a los escritores les gusta, que el resultado del tierno maltrato es un trabajo extraordinario, y que los parecidos entre un fotógrafo y un escritor son más de los que suelen aparecer a primera vista. No es por nada que Daniel suela ir por ahí recordándole a la gente el significado de la palabra fotógrafo, que quiere decir “el que escribe con la luz”.

